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De Quimeras y Ensoñaciones

La favorita del coronel

La favorita del coronel

Déjame hijo que te cuente un curioso cuento de supervivencia, sin vendas en los ojos, con el recuerdo aun quemando dentro. Déjame hablar sin juzgarme, solo ante Dios he de rendir cuentas, ni tú ni nadie, óyeme bien, tenéis ningún derecho a enjuiciarme. Te quiero, bien sabes Dios que te quiero.
Mi pecado ha sido nacer mujer y bonita, nunca lo pedí y he cargado con esa cruz en esta jungla donde el único depredador del hombre es el propio hombre. Ser hermosa y judía, esos fueron mis únicos pecados.

En el campo de concentración no era Sara, sino un número entre tantos otros, los primeros días dormía el dulce sueño de la ignorancia, esperanzada con la liberación y a pesar del horror de aquel rincón siniestro, confundida entre la masa de esqueletos famélicos, mujeres hambrientas, enfermas, afiebradas, mugrientas, conservaba mi dignidad, era una más, me sentía útil ayudando a los míos, compartiendo nuestras miserias y miedos, nuestra sopa aguada, nuestros trabajos extenuantes, los gritos, golpes y patadas de los guardianes durante las marchas a los campos de trabajo, el gélido viento en las interminables formaciones y el calor de nuestros solapados cuerpos sobre las tablas de las literas de los barracones con olor nauseabundo a orines y podredumbre, al que nunca te acostumbras del todo, como nunca llegarás ni a imaginar, hijo mío, las atrocidades, vilezas y torturas que el hombre es capaz de perpetrarse a si mismo.

La belleza es una pesada losa difícil de esconder, sin lugar a donde huir te traiciona cual vil delator y te abraza a las puertas del infierno. Cuando "los capos" se percataron de ello, empezó mi calvario.
Me despojaron de lo poco que aun me quedaba, de aquello que creía inquebrantable, mi dignidad, la cual se iba haciendo jirones al ritmo con que mi ropa se desgarrada entre las envilecidas manos de unos guardianes que la iban rasgando. Quise estar muerta. Sentía manosear mi cuerpo con una lascivia animal. Les grité compasión y no me oyeron, le rogué a Dios, pidiéndole que se apiadara de mi y él me escuchó.
Me dejaron desnuda en la semipenumbra de aquel cuartucho, tiritando aterida de frío y miedo, sin percatarme que una sombra me miraba con deseo a escasos metros. Sentí una capa sobre mis hombros tapando mi ajada palidez y la voz firme de un hombre que señalando un montoncito de ropa nueva, con voz de mando me ordenaba : "Vístete y vete. No es el momento".

Rechazaba irascible y enojada los halagos del coronel, sus agasajos y presentes, pero mis privilegios en el campo de concentración se hicieron ostensibles, en la sopa de mi cuenco nadaban patatas y carne, me libraban de las tareas más penosas, gozaba de tiempo libre incluso para disfrutar de minutos de soledad, todo un verdadero lujo aquello, ascendí al nivel de protegida a costa de ganarme la antipatía y recelo del resto de prisioneras. La putita del coronel, me llamaban. Esa infamia denigrante mancillaba mi honor, y el estigma de la calumnia me sepultó bajo sus pies. Era inocente, pero se burlaban de mí. Repudiada por mi propia gente, mancillado mi honor, agredida y despreciada por todos hasta la humillación más vergonzante y atroz, era cuanto podía soportar, había algo peor que ser judío, ser tildado por los de tu raza de colaborador y concubina con los asesinos de tu pueblo. Cuando te arrebatan tus valores, tus principios morales, tu individualidad y solo te dejan el instinto animal de supervivencia, de pertenencia a una masa denigrada donde hallas un mínimo de calor y hasta ese derecho te lo coartan, expulsándote como a un leproso apestado, cuando era inocente, dime, hijo mío… ¿Qué podía hacer cuando todos me daban la espalda escupiéndome insultos?.

En aquel solitario granero por el que se filtraban amargos resabios de sol entre las cañas, se consumó la bajeza de mi descrédito, entre todos me perdieron, me juzgaron previa e injustamente, pues que su sentencia acusadora de meretriz no caiga en falacia.
El coronel me ordenaba cerrar el portón tras de mí y yo asía el quicio del batiente con mis manos estropeadas y aviejadas y jalando de él descorría aquel madero ante las sordas miradas de los "capos" que me habían escoltado hasta allá y esperaban pacientes para regresarme de nuevo al horror de la ignominia y rechazo de aquellos otros a quien quería.
Ni tú ni nadie puede juzgarme, hijo, ni aun siquiera que en mi misma situación y con toda honestidad hubieses rechazado aquellos favores. Lo que al principio fue asco y desprecio, una repugnancia y un hastío hasta la nausea, llegó a transformarse en una incipiente necesidad de protección de aquel hombre frente a mi propia estirpe, que me vilipendiaba y ultrajaba en forma que dolía más que aquellas vejaciones voluptuosas de un coronel ávido del placer de la sexualidad que su legítima mujer no le proporcionaba.

Cuando la pasión se consume como un cigarrillo mal apagado, el hombre poderoso y saciado tira la colilla de nuevo al fango y la escoria inmunda vuelve al lugar de donde nunca debió haber salido.
Sé que nunca ha de llegarte este mensaje, hijo mío, solo hay silencios de desesperanza y apatía mezclados con silbatos y gritos de ordeno y mando, creía que no podrían despojarme de nada más, pero con la cabeza afeitada y mi grotesco aspecto enfermizo y decrépito, en la mañana partimos en convoy hacia el campo de Auschwitz. Jamás llegarás a saberlo, pero has de sentirte orgulloso de la sangre judía que corre por tus venas, de la dignidad e integridad de tu progenitora, de su limpieza de alma y aunque ahora tu brazo lo adorne una esvástica, y tu padre desfile orgulloso contigo en brazos, te prometo hijo mío que te llevaré siempre conmigo.

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